miércoles, 16 de agosto de 2017

Números

Por más que quisiera evitarlo, Celeste no podía dejar de traducir su vida en números  y cifras sin importancia. Sabía que 78 segundos exactos transcurrían entre que presionaba el botón de encendido de su computadora hasta que podía iniciar alguna ejecución en ella; que variaban entre 98 y 100 los pasos que necesitaba dar para llegar a la parada del colectivo, que se detenía en otras 15 paradas antes de dejarla en la esquina de la oficina. Comprobaba diariamente que al llegar, a las ocho en punto, la cafetera ya llevaba 155 mililitros de líquido preparado en su jarra y que fueron alrededor de cinco los minutos que le llevó enamorarse perdidamente  de su nueva compañera de trabajo, el día que su jefe se la presentó.
Eduardo se adentró en Facturación -las áreas administrativas de Salud Bien S.A estaban delimitadas por cubículos de durlock- escoltando a Lucía, que sonreía ampliamente mostrando una dentadura perfecta mientras sus ojos color miel se achinaban por la presión de las mejillas sonrojadas levantadas. Llevaba su pelo rubio, evidentemente largo, tirante y atado hacia atrás en una cola de caballo, y casi nada de maquillaje. Sólo un poco de sombra roja y rimmel.
  • Equipo -carraspeó Eduardo- . Les presento a Lucía Méndez, ella se sumará al área de Contabilidad.

Y así nació otras de las incontables historias de amor.

martes, 8 de agosto de 2017

Agur, Juan.

Pocas veces escuché a alguien hablar con tanto amor de su tierra natal como a Juan. Claro está, que una no anda cruzándose vascos natales por la vida.
Esa carita de ojos azules y arrugas marcadas guardaba mucha tristeza, recuerdos y anhelos. Cada vez que Juan me señalaba en el mapa la ruta que hacía desde que pisaba Euskadi en el aeropuerto de Bilbao, y me llevaba a recorrer museos, paisajes, los bares de la costa donde se come el mejor marisco del mundo, sus ojos brillaban. Un poco por sus implantes de lentes oculares y otro poco, sospecho yo, porque nunca superó ser un exiliado.
Si a mí me preguntan cómo es un vasco, digo que es justo, intolerante, cabrón, respetuoso, algo pícaro y un enamorado eterno de su tierra. Digo que son como Juan, que a los seis años debió huir de la guerra civil española, de noche en un tren, junto a sus hermanos, y de ahí en más le hizo frente a la vida. Él pisó, sin saber una pizca del idioma, suelo francés, mientras dejaba atrás su caserón entre el verde de los frutales, tierra sin límites, y el colegio religioso/riguroso donde aprendió a sumar. Su papá se había venido años atrás, a la Patagonia. Fue uno de esos inmigrantes que, se dice, forjó Argentina a fuerza de frío y desarraigo. Y allí fue a parar la familia Urrutia, ya extranjera en todos lados. Nunca supe bien qué convicciones políticas sostenía, pero no soportaba el peronismo.
Mientras estudió bioquímica en Córdoba, además de vivir el auge de la revolución universitaria, vivió la persecución de compañeros por defender al militar. Contaba entre risas y preocupación las huidas por los techos, y los miedos de la noche que sus pares padecían. Y así se nos iban los minutos, entre anécdotas y billetes de lotería española que compraba online a kilómetros de distancia con su pensión de Niño de la Guerra. Era cabrón, muy cabrón. Bastaba con mencionarle el retoño del roble de Guernica, que durante años fue símbolo de la esquina de Rivadavia y San Martín, para que arranque con todas las cosas malas que hacía el gobierno, entre ellas, obvio, extraer ese histórico ejemplar.

Fuiste como un abuelo cuando ya no tenía ninguno, Juan. Nunca se me fueron las ganas de llamarte para saber cómo andabas (cosa que no hice así como vos nunca más volviste a Euskadi), ni de ir a conocer tu tierra. Por lo menos aún tengo la oportunidad de hacer una de las dos, espero no defraudarte esta vez.