miércoles, 10 de junio de 2015

Hacer, una nueva droga

Salvo mirar televisión, cocinar cosas y salir con mis amigas, nunca he sido una persona que tiene "ganas de hacer". Al contrario, disfruto mucho de estar en mi casa, no hacer nada o hacerlo, allí.
Pero en el último tiempo me fui encontrando muy cómoda haciendo otras cosas que me gustan y que no sabía, simplemente porque no las había hecho. ¿Se entiende?

A ver, desde que somos bebés, hacemos cosas por instinto y necesidad. Mamamos, nos movemos, nos arrastramos, caminamos, aprehendemos el mundo con nuestras manos, pies, bocas, etc. A medida que vamos creciendo, eso que hacemos, es impuesto. Ir al baño y dejar los pañales, ir al jardín ("tenés que ir", nos dicen), la escuela, trabajar. Porque encima hay que trabajar para vivir y tener que vestirse bien, y tener el último celular y sarasa.

En fin, para poder trabajar de lo que me gustara, yo primero comencé a estudiar sin saber bien qué me esperaba. Comunicación Social. Desde allí entré a trabajar en un diario digital y además de descubrir que el periodismo es una vocación hermosa, me encontré con todo un mundo de hacedores. A través de la pantalla, enlaces, y más enlaces me llevaban a gente emprendedora de todo tipo, y en términos reales me encontraba haciéndole notas a gente que en mi propia ciudad, Olavarría, tomaba las riendas de sus proyectos personales. Impulsoras de grupos de amamantamiento, permacultura, espacios culturales independientes (no estatales), murgas, etc. "Que envidia", pensaba yo mientras me fijaba si el grabador tenía la luz del REC encendida.

Como fui mamá muy joven, mis ganas de hacer a los 16,17 diferían de las cosas que hacían los mismos de mi edad. Y en la Facultad también. Mientras otros iban a Olimpíadas, organizaban bailes, etc, yo quería volver a mi casa porque allí estaba mi hija. Y como quien no quiere la cosa, las piezas se fueron acomodando. Cambié de trabajo, por uno que me deja seguir explorando la agenda periodística diaria pero de lunes a viernes sin feriados incluidos. Con menos adrenalina pero igual de fascinante. Tengo una pareja que me acompaña y me ayuda y dos hijas que me alientan.
De a poco me encontré borrando la palabra quiero de la frase "quiero hacer" y me dediqué a hacer. Lo que quería, cuando quería, cómo quería. Como una nena.

Si tenía ganas de leer, leía, si no quería estudiar no lo hacía. Hice una huerta, hice compost. Pintaba cajones para mis nenas, compraba cuadros para revender, cree una fan page en Facebook y armé una especia de emprendimiento familiar de cositas de diseño con mis hermanas. Me encontré del otro lado, y se siente genial.
Quise armar una huerta en el laburo, el viernes 5 de junio (Día Mundial del Medio Ambiente) la armé y puse a mis compañeros a plantar una semilla. Quise el sábado conocer a Martiniano Molina, lo conocí y le hice una nota. Esa misma noche quise ir a ver a Kevin Johansen + Tha Nada + Liniers (artista que adoro) y no sólo fui sino que me saqué las ganas de bailar en el escenario en patas con ellos porque no me importó.
Y para coronar, el domingo expuse por primera vez en una feria artesanal, algo inimaginable para mi. Y quiero más, quiero hacer más, y no mirar atrás, ni adelante, ni al costado. La sensación es indescriptible, te sube por el cuerpo, te llena de energía, te dibuja una sonrisa. Quiero sólo hacer, y seguir haciendo.

                                                                (Acá, haciendo un poco)





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