lunes, 11 de mayo de 2015

Casandra

Se acercó demasiado al espejo, lo empañó con su aliento mientras observaba como los poros se tornaban de un rojo violento. El puño le dio, esta vez, de lleno en la mejilla. No le pegó en los lugares de siempre, menos visibles, como la cadera, el cuello o el estómago. Superó un nuevo límite.

Se refregó fuerte, siempre lo hacía, pero las lágrimas volvían resbalosa la piel. No podía calmar el dolor y se frustraba. Mariela la miraba desde la puerta del baño con los ojos bien grandes y la boca apretada. Abrazaba un libro y miraba a su madre con mirada tranquila. Con tan sólo dos años, comenzaba a naturalizar la estadía en el infierno, donde su padre era amo y señor.

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