miércoles, 20 de mayo de 2015

Mea Culpa para todos y todas

Matilda mira Peppa Pig: Papá Cerdito se rie de Mamá Cerdita que irá a un encuentro de mujeres bomberas. "Otra excusa para tomar el té y charlar", dice. En otro capítulo, Papá Cerdito le muestra a hacer panqueques a Mamá Cerdita, que "no sabe tirarlos muy alto". Afortunadamente, Papá Cerdito queda ridiculizado cada vez que Mamá Cerdita resuelve las situaciones. No me preocupa, porque cuando Matilda apaga la tele ve a su mamá, a mi, ocupando un rol de mujer "que hace".

En el mundo real, mamá limpia y cocina, también hace juguetes con cosas recicladas, tiene una pequeña huerta y la trabaja, agujerea paredes, coloca estantes, pinta, arregla la pérdida del baño, estudia, trabaja y lucha todos los días contra la imposición del género que el mercado infantil le carga a su hija de dos años. Combate contra el rosa y las muñecas, y va perdiendo, porque mucha gente alrededor lleva "lo de nena" muy en la piel. Por eso, las dos horas de Peppa Pig no pueden contra las 24 horas de "mamá", nada nunca pudo.

Y aún así, escucho y leo con asombro, críticas a programas de TV con 30 puntos de rating que cosifican a la mujer. Mujer a la que definen como flacas, tienen el cutis perfecto y las piernas sin celulitis. Pasaron horas en la peluquería, invirtieron tiempo con el personal trainner y el coach de baile y fortunas en la depilación definitiva. (Eso está mal?) A la que luego llamamos trola, ventajera, puta, sin talento. Esas mujeres eligieron estar ahí. Quieren estar buenísimas y que las miren. Posan como acompañantes de fiscales muertos esperando a que las llamen para aparecer en TV. También eligen estar mirando ese culo los y las televidentes. Y eso, tras la sanción de la Ley de Medios Audiovisuales es difícil de rebatir, porque oferta hay. Podemos elegir no ver a Tinelli.

Podemos también elegir hacer un análisis más profundo de la violencia cultural, un mea culpa de la violencia que ejercemos día a día, además del tipo de violencia mediática que se ejerce en un programa donde trabajan una enana, una travesti, un sidoso (más diversidad que otros programas al aire, les guste o no). Y si a mi se me antoja ser rubia, flaca, gorda o vestirme para que me miren, Marcelo Tinelli no tiene nada que ver ¿Hay un único modelo impuesto?¿Realmente es así?. Aparentemente ese modelo está mal, y también está mal la forma en que las mismas mujeres agredimos a las mujeres. En este caso a las que estereotipamos y cosificamos, en la pantalla y fuera. Hasta las más feministas claman un hueca, trola, ventajera, puta, cornuda, "esta no tiene idea de nada", "mirá como me está haciendo perder el tiempo esta conchuda" en la cola del supermercado, "hija de puta aprendé a manejar" en la calle. Eso, las mujeres, también los decimos. No tendremos 30 puntos de rating, pero aún así está mal.
Hagamos un poco de mea culpa.

#NIUNAMENOS

viernes, 15 de mayo de 2015

Casandra II

A veces por un plato de comida sin la temperatura ideal, otras veces por una camisa arrugada. Por la ropa ajustada, o por nada, sin razón. Quien había sido algunos años atrás la razón de su existir, su máximo amor, era un ser que emanaba terror con cada mirada.

Casandra no recordaba bien cuando el Dr. Jekyll había empezado a convertirse en Mr. Hyde, pero el embarazo potenció todo. Dejó el único cargo titular que consiguió en un Jardín de Infantes, "porque estar rodeada de niños te enferma mucho", "quiero que seas una madre presente", "yo te puedo mantener", y se fue a vivir con el padre de su hijo a un departamento, su cárcel.

En los ocho meses y medio que Mariela vivió dentro de su madre, él se limitó a algunos empujones. Hubiera llegado a las 40 semanas de gestación si no la hubiera violado cuando ella se negó a tener relaciones por dolores en el vientre. Mariela nació del amor y el horror. Pero era su hija, y debía salvarla. Debían salvarse.



lunes, 11 de mayo de 2015

Casandra

Se acercó demasiado al espejo, lo empañó con su aliento mientras observaba como los poros se tornaban de un rojo violento. El puño le dio, esta vez, de lleno en la mejilla. No le pegó en los lugares de siempre, menos visibles, como la cadera, el cuello o el estómago. Superó un nuevo límite.

Se refregó fuerte, siempre lo hacía, pero las lágrimas volvían resbalosa la piel. No podía calmar el dolor y se frustraba. Mariela la miraba desde la puerta del baño con los ojos bien grandes y la boca apretada. Abrazaba un libro y miraba a su madre con mirada tranquila. Con tan sólo dos años, comenzaba a naturalizar la estadía en el infierno, donde su padre era amo y señor.