domingo, 22 de marzo de 2015

El nieto de Estela

 Hacía noches que Ignacio no podía dormir bien. Por razones que aún la ciencia no puede explicar con certeza, “cosas” en su cabeza daban vuelta desde que había comenzado a dudar de su identidad. En algún momento de sus 36 años, o quizás antes de manera menos evidente para él mismo, empezó a preguntarse si realmente era quien hijo de Juana y Clemente.
“Me tiene cansada, hace días que no duerme tranquilo”, le dijo Celeste a una compañera de militancia. “Tiene dudas sobre su origen”, señaló preocupada.
Esa compañera era hija de un chacarero olavarriense que le confirmó que ese muchacho no era hijo biológico de la pareja Hurban, y que era hijos de desaparecidos.
Clara le comentó a su compañera que las sospechas se confirmaban, con la atenuante de que quizás los padres de Ignacio estén muertos o peor, desaparecidos por la última dictadura militar de la Argentina.
Ese lunes 2 de junio Ignacio iba a festejar su cumpleaños número 36 con alegría. No estaba muy convencido de cuanta convocatoria tendría el festejo, y además debía dar clases en la Escuela Municipal de Música “Hermanos Rossi” de Olavarría, de la cual era director. Pero hacia la noche, Celeste no aguantó más y le contó al hombre con el que se estaba construyendo una casa y una vida, que era adoptado.
Con la tranquilidad que lo caracteriza y luego de unos segundos que parecieron eternos, Ignacio sintió una necesidad avasallante de saber quién era, de saber por qué se enteró recién ahora y lo más difícil de todo, qué (o quién) lo llevó a donde estaba.
Esa misma noche condujo a la humilde casa de sus padres en un campo a las afueras de Colonia San Miguel, a 30 kilómetros de Loma Negra, donde viven Ignacio y Celeste. Allí Juana y Clemente Hurban viven hace más de 30 años y son los puesteros de la estancia de 300 hectáreas “Los Aguilares”. Juana es una mujer que deja ver las marcas del tiempo, pero de una fortaleza tremenda, con un sentido del trabajo y el esfuerzo muy arraigado. Amorosa y atenta con su hijo. Clemente, de descendencia rusa, es distante, de pocas palabras y muy trabajador.

Acompañado como siempre por Celeste, el cumpleañero enfrentó a su familia, quienes le confirmaron la verdad. El matrimonio no podía concebir hijos, por lo que una noche, su empleador, Francisco Aguilar, se apareció con un bebé recién nacido. Le debían poner Ignacio y no le podían contar que era adoptado hasta el día en que él muriera, hecho que ocurrió el 26 de marzo de ese mismo año, 2014.
Entre lágrimas y súplicas, Juana y Clemente le dijeron a Ignacio que nunca preguntaron de dónde vino, porque temían que las preguntas incomodaran a Aguilar y se lo vuelva a llevar, pero que una vuelta el estanciero comentó que lo “habían abandonado”. El afán de una criatura que complemente la familia los había llevado a preservar a la criatura y cobijarla con amor inmenso.
El hecho de que los Hurban vivieran en el campo, sin vecinos a la redonda, redujo considerablemente el flujo de preguntas que podrían haber recibido, de aparecer con un niño de un día para otro. Sólo la vecina más cercana se enteró años después, por boca de Juana, que Ignacio “era adoptado”.

 Cuándo Ignacio preguntaba por qué no podía tener un hermano para jugar, Juana le contestaba que con él tenían amor de sobra. Pero esa noche, en que Ignacio pensaba que cumplía 36 años, Juana y Clemente admitieron que era adoptado. Con la tranquilidad que lo caracteriza, Ignacio intentó procesar un poco de esa información y preguntó algunas cosas que le dieron el puntapié inicial para comenzar la búsqueda de su identidad.
La noticia lo tomó por sorpresa, a la vez que le confirmó algunas sensaciones que tenía dando vueltas por el cuerpo. Indicios naturales que lo llevaban a cuestionar la conexión biológica con sus supuestos progenitores. Uno de ellos, el más fuerte quizá, es lo que lo caracteriza como persona: la música. Criado en un ámbito rural, apartado de la ciudad, donde el esfuerzo físico era el capital más valorado, Ignacio sólo quería tocar el piano. La música lo apasionaba y lo llamaba, por lo que a los 12 años empezó a estudiar…

 *Relato inventado



1 comentario:

Anónimo dijo...

Muy bueno, Oli !!! Un relato inventado que bien puede ser real, seguramente así fueron los hechos. Me pega mucho el caso de Ignacio, más que cualquier hijo de desaparecidos, quizás por ser de nuestra ciudad o por su forma de ser. Lo noto íntegro, como que tiene las cosas bien en claro. Mucha gente lo ataca y me molesta, me duele (te aclaro que no lo conozco), porque siento que hay alguna intención oculta en cada agresión. Él no pidió ser quién es, no eligió a sus padres biológicos ni a sus padres adoptivos, fue lo que le tocó. No debe ser nada fácil enterarte cerca de los 40 años de tu verdadera identidad y él lo está llevando con una naturalidad que asombra. Sigue dedicándose a lo que más le gusta, su gran pasión: la música, cuando muchos apostaban a que iba a agarrar cargos políticos. No puede hablar mucho de su familia adoptiva pero siento que a todo el amor que le brindaron no lo ha borrado de un plumazo, que lo ha sumado al que ahora recibe de su familia biológica. Sumar. Amar. Vivir. Este es el camino que la vida le tenía reservado y que está transitando con una sencillez y alegría que contagian.