domingo, 18 de enero de 2015

Mi década ganada

La primera vez que fui mamá tenía 16 años. Oculté mi embarazo hasta los seis meses, por lo que prácticamente lo viví en secreto con el papá de mi nena, con una mezcla de terror y alegría. La felicidad de mi madre por la noticia (no así de mi padre, que cayó internado de la angustia por ver a su nena con la cocina llena de humo) y de mi familia política, ayudó a que finalice mi embarazo de manera feliz.

Hasta el 8 de enero de 2004. Ese día me interné en la clínica con las primeras contracciones regulares a las 19:00. Caminé un poco por los pasillos hasta que me pusieron un suero con oxitocina y me quedé en una cama esperando a dilatar, algo que ocurrió a la medianoche. El dolor de las contracciones fue insoportable. En ese lapso, en el que yo no registraba mucho lo que pasaba a mi alrededor porque el dolor me obnubilaba, me rasuraron toda. En esa época se usaba, para que al momento de que cicatrice la episotomía no se encarne ningún pelo.

El corte vaginal que ayudaría a mi bebé a salir de mi vientre era algo que yo había puesto en discusión en las clases de preparto. La obstetra me dijo que era innegociable, que el médico no se iba a arriesgar a un desgarro y que no dolía. Esa vez tuvo razón. Mi ginecólogo supo hacerla en el pico de una contracción, dolor insuperable, mientras yo permanecía boca arriba atada a la camilla de parto.

El momento en que Azul salió de mi cuerpo fue hermoso, indoloro, único. Ví como cortaron su cordón y se la llevaron para meterle tubos, pesarla, vestirla.L a segunda vez que la vi ya estaba vestida y en los brazos de su papá, donde se quedó mientras a mí me cosían.

2 de marzo de 2013. El embarazo fue hermoso hasta el octavo mes. Ya más activa como madre, compañera y trabajadora, precipité a mi vientre a generar contracciones prematuras, tras limpiar toda la casa como si no tuviera un nena en la panza.

Mis trabajos prácticos en la carrera de Comunicación Social sobre parto respetado y las jornadas a las que asistí en Olavarría habían servido para informarme. Quería un parto institucionalizado pero iba a ir cuando yo quisiera, y si no llegaba y Matilda nacía en casa, no me iba a importar, porque yo ya sabía cómo parir y lo único que necesitaba era a su papá. Ese sábado salí a comprar un perfume, lo único que me faltaba luego de haber tenido que apurar el ajuar cuando casi nace la noche de la limpieza. Pero lo pude evitar con reposo y pastillas que evitaban las contracciones.

Al volver de la perfumería, sentí que tenía contracciones muy seguidas, y cuando se hicieron cada cinco minutos, emocionadísima salimos tipo 9 con Leandro para la clínica. Yo ya había estado dilatando las semanas anteriores, y estaba a medio camino. La rapidez fue tal que mientras Leandro salió a llamar a mi familia, a la de él, y a ubicar a un pediatra que reemplace al nuestro que estaba de guardia, recorrí el camino restante.

Éstaba sola con la obstetra, sin ginecólogo, sin mi pareja, sin pediatra, pero hecha un bollo en la camilla, como yo quería, sin atar y sin rasurar. En dos segundos todos se aparecieron en la sala de parto. Matilda nació 09:30, a la media hora de que llegáramos.

Salió toda cubierta de blanco, como con crema, y automáticamente me la apoyaron en el vientre. Allí la tuve hasta que cortaron el cordón. El pediatra la revisó y dejó que mis hermanas, que habían irrumpido en la sala, le pongan la ropa. No hubo tubos.

El ginecólogo fue el mismo. Él había crecido como profesional y a pesar de que la primera experiencia fue fuerte (después supe que casi innecesariamente), volví a confiar en él, porque yo también había crecido. Como persona y como mujer. Porque conozco mis derechos, los de mi pareja y los de mi bebé. También asistí al parto de mi hermana, muy similar al mio con Matilda, y aún así diferente.
Porque cada parto es único, y porque las que ponemos el cuerpo somos, ni más ni menos, que nosotras y nuestros hijos, y la información que recibimos y buscamos, aunque no parezca, juega un rol fundamental.






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