domingo, 30 de noviembre de 2014

De hechos y colechos

Matilda me clava la pata en la espalda. La acomodo de un sacudón, me doy vuelta y sigo durmiendo. Ella también, y el papá ni se enteró. Una hora después es él quien sufre la patada en su brazo. Media vuelta Matilda, media vuelta Leandro y asunto resuelto.

Así lunes, martes, miércoles y algún que otro finde...

Porque de esa manera Matilda, mamá y papá duermen más, aunque no parezca.

La cuna que está en la otra habitación a veces le parece un lugar espléndido y otras veces no, a esta adorable criatura de un año y nueve meses. Y los horarios en los que se da cuenta de que no quiere dormir en la cuna, suelen ser de madrugada, cerca de las 2 y las 3 am.

A veces Matilda viene a la cama con nosotros, y cuando descubre que ahí estamos, que la amamos y le brindamos tooooda nuestra almohada, desiste y pide continuar el sueño en su cuna, lejos y tranquila. Aún de madrugada, y sin palabras, sólo con muchas patadas continuadas.

Otras veces despierta con nosotros en su cara, remolonea un poco y sigue durmiendo, o ya de mañana despierta y juega en la cama sin tocar el suelo, hasta que todos nos levantamos.

Despertar juntos es hermoso, su olor, sus ojos azules gigantes, sus manos, sus abrazos son el cielo. Y para esta mamá que trabaja nueve horas por día y llega cansada a casa, son momentos únicos, que va a seguir promoviendo hasta que Matilda entienda que su cama es mejor, porque su pata no choca con la espalda de nadie.