jueves, 14 de diciembre de 2017

Mi linda, no te cambio por nada

Hoy salí de mi oficina, que es un contenedor adaptado, al amplio verde que abunda en mi laburo y el viento frío de verano me pegó en la cara. Instantáneamente me llené los pulmones con esa brisa hermosa y me transporté a la arena, al lugar exacto donde el agua de mar te moja los pies.
Y se me vinieron a la cabeza las cada vez más personas que conozco y vacacionan en el Caribe y se pìerden de lo lindo que es ir a la playa Argentina a cagarte de frío, a que el viento no te deje en paz, a tardar mil horas en animarte a entrar al mar, en levantar campamento y correr a la ducha caliente, en comer galletitas con arena, y mate. MATE. Qué trago con paragüitas ni que tanto...

jueves, 9 de noviembre de 2017

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Duró poco

Ahí está, muerta de amor. Figurativamente muerta de amor en un rincón, contemplando al amor de su vida. La música estalla los tímpanos y el boliche no da más de gente, pero ella solo ve a una persona.
Sentada sobre un mesa, esperando que la venga a saludar mientras imagina la cara que tendrán sus hijos y si la pileta de la casa será de cemento o de fibra de vidrio. Y así se va la noche, así se van casi todos. Menos ella, que sigue esperando en el mismo rincón..y por fin, por fin cuando ya casi no hay más nadie que los vea, que lo vean, él le da un beso en la boca. Dos, tres segundos.
¿Nada más? pregunta ella, que superó la etapa de la humillación hace tiempo.
"Lo bueno dura poco", desliza él, con ensayada seducción.
Y se va. Se va y junto a él se van los planes y proyectos de ese futuro imaginario. Porque mirá que hay cosas para decir, pero tan estúpidas, tan estúpidas, no.

Lo bueno, boludo, dura todo lo que vos querés que dure. A ella le viene durando como 30 años...con algunos tropezones, obvio, como el que tuvo con tu boca.

miércoles, 16 de agosto de 2017

Números

Por más que quisiera evitarlo, Celeste no podía dejar de traducir su vida en números  y cifras sin importancia. Sabía que 78 segundos exactos transcurrían entre que presionaba el botón de encendido de su computadora hasta que podía iniciar alguna ejecución en ella; que variaban entre 98 y 100 los pasos que necesitaba dar para llegar a la parada del colectivo, que se detenía en otras 15 paradas antes de dejarla en la esquina de la oficina. Comprobaba diariamente que al llegar, a las ocho en punto, la cafetera ya llevaba 155 mililitros de líquido preparado en su jarra y que fueron alrededor de cinco los minutos que le llevó enamorarse perdidamente  de su nueva compañera de trabajo, el día que su jefe se la presentó.
Eduardo se adentró en Facturación -las áreas administrativas de Salud Bien S.A estaban delimitadas por cubículos de durlock- escoltando a Lucía, que sonreía ampliamente mostrando una dentadura perfecta mientras sus ojos color miel se achinaban por la presión de las mejillas sonrojadas levantadas. Llevaba su pelo rubio, evidentemente largo, tirante y atado hacia atrás en una cola de caballo, y casi nada de maquillaje. Sólo un poco de sombra roja y rimmel.
  • Equipo -carraspeó Eduardo- . Les presento a Lucía Méndez, ella se sumará al área de Contabilidad.

Y así nació otras de las incontables historias de amor.

martes, 8 de agosto de 2017

Agur, Juan.

Pocas veces escuché a alguien hablar con tanto amor de su tierra natal como a Juan. Claro está, que una no anda cruzándose vascos natales por la vida.
Esa carita de ojos azules y arrugas marcadas guardaba mucha tristeza, recuerdos y anhelos. Cada vez que Juan me señalaba en el mapa la ruta que hacía desde que pisaba Euskadi en el aeropuerto de Bilbao, y me llevaba a recorrer museos, paisajes, los bares de la costa donde se come el mejor marisco del mundo, sus ojos brillaban. Un poco por sus implantes de lentes oculares y otro poco, sospecho yo, porque nunca superó ser un exiliado.
Si a mí me preguntan cómo es un vasco, digo que es justo, intolerante, cabrón, respetuoso, algo pícaro y un enamorado eterno de su tierra. Digo que son como Juan, que a los seis años debió huir de la guerra civil española, de noche en un tren, junto a sus hermanos, y de ahí en más le hizo frente a la vida. Él pisó, sin saber una pizca del idioma, suelo francés, mientras dejaba atrás su caserón entre el verde de los frutales, tierra sin límites, y el colegio religioso/riguroso donde aprendió a sumar. Su papá se había venido años atrás, a la Patagonia. Fue uno de esos inmigrantes que, se dice, forjó Argentina a fuerza de frío y desarraigo. Y allí fue a parar la familia Urrutia, ya extranjera en todos lados. Nunca supe bien qué convicciones políticas sostenía, pero no soportaba el peronismo.
Mientras estudió bioquímica en Córdoba, además de vivir el auge de la revolución universitaria, vivió la persecución de compañeros por defender al militar. Contaba entre risas y preocupación las huidas por los techos, y los miedos de la noche que sus pares padecían. Y así se nos iban los minutos, entre anécdotas y billetes de lotería española que compraba online a kilómetros de distancia con su pensión de Niño de la Guerra. Era cabrón, muy cabrón. Bastaba con mencionarle el retoño del roble de Guernica, que durante años fue símbolo de la esquina de Rivadavia y San Martín, para que arranque con todas las cosas malas que hacía el gobierno, entre ellas, obvio, extraer ese histórico ejemplar.

Fuiste como un abuelo cuando ya no tenía ninguno, Juan. Nunca se me fueron las ganas de llamarte para saber cómo andabas (cosa que no hice así como vos nunca más volviste a Euskadi), ni de ir a conocer tu tierra. Por lo menos aún tengo la oportunidad de hacer una de las dos, espero no defraudarte esta vez.

jueves, 26 de enero de 2017

Women's act

Da la sensación de que en los últimos cinco años las mujeres argentinas han despertado de un largo sueño al que eran sometidas no con somníferos, sino con algo mucho más poderoso, mandatos histórico culturales. No hablo de las intelectuales, feministas, políticas, militantes que llevan en la lucha por nuestro derecho décadas, ni tampoco de aquellas que en donde viven (sobre todo ciudades pequeñas del interior del país) la "membrana cultural" es más gruesa sino de, aquellas que a los medios les encanta denominar "la gente". El grueso, las que tienen acceso a redes sociales, tal vez estudian, laburan o ambas, las que a veces reflexionan y otras tanta la vorágine del día no les da tregua. Esas que estamos ahí, y sus amigas, sus familias, sus compañeros.

Y ahora nos vemos un poco más en la calle, nos leemos en los diarios, nos sentimos acompañadas, inspiramos a otros movimientos internacionales, aplaudimos las marchas de #Niunamenos y #womensmarch en Argentina, USA y el resto del mundo. Nos sentimos emponderadas, esto es, algo así como recuperar poder o simbolismos que no teníamos. Y leo, leo, leo, todo lo que se me cruza por las manos y los ojos respecto a la desigualdad de género y el inconsciente me asalta con flashes y me retrotrae a la casa de un novio mientras él está en el baño y yo borro mensajes de un compañero de la facultad que me invita a salir a tomar algo con otros compañeros y compañeras por las dudas que se enoje. O cuando elijo la ropa para salir y descarto prendas porque sé que esa misma persona me a decir "tan corta no me gusta esa pollera". Salidas y ropa que voy a aprovechar cuando esa persona vuelva a su ciudad de estudio, y yo siga siendo una novia sin vigilancia. Y me parece injusto.

Y a la vez veo esas campañas de "si te controla las amistades, si te dice qué ponerte, si te cela, no es amor" y las adoro, porque coincido tanto, que creo que son esos pequeños actos de violencia los primeros campanazos para que nos avivemos que esa persona no nos hacen bien, que nos queremos enamorarnos de eso. Y sigo leyendo sobre los niños y niñas en la calle acompañando a sus padres por las calles de Washington, o el reclamo de víctimas de abuso en el ámbito del rock nacional argentino y no dejo de pensar que el cambio está en los actos, en la palabra también, pero sobre todo en los actos. En ponernos a nosotras mismas por adelante de todo en nuestra vida. Nos debemos, luego de tantos siglos de tratar de regular el corto de nuestra pollera, al menos eso.