miércoles, 18 de abril de 2018

La bella sufriente


Hoy fui al doctor por quinta vez en los últimos 15 días. Irascible, enfadada. Me dijo nuevamente que tenga paciencia, que es cuestión de tiempo y de que la medicación surta efecto. “Tené paciencia. Es cuestión de tiempo. Ya va a hacer efecto la medicación”, remarcó.


Pero yo no aguanto más.

Desde el lunes pasado que empezó de nuevo, camino por las paredes. Ya no sé qué hacer. Hago todo lo que puedo para mantenerme despierta. Opté por comer todo con café pero desistí bastante rápido. Increíble lo vomitivo que puede ser una sopa de zapallo con ese polvo pegajoso. También me descargué las películas que siempre me gustaron para no ceder ante el sueño por falta de interés; suena metal todo el día a todo volumen, e incluso le pagué a un amigo que andaba corto de dinero para que pase a golpearme la puerta todos los días a las 2 de la mañana.

Pero no hay con qué darle, el cansancio a la larga llega. Y el sueño vence. Y ahí llega él. No se aparece de repente, sino de imprevisto, casi de refilón. Un barrendero, el chofer del colectivo, el maestro de los hijos que no tengo. Adopta los personajes más absurdos.

Por ejemplo esta madrugada soñé que caía presa por tenencia de cocaína. Pero no mía, del tío de una amiga que había salido de la cárcel. El hombre, en la vida real es director de una Sinfónica. Una de las más importantes de la provincia...pobre, lo condené a la delincuencia onírica. Cuestión es que yo me encontraba corriendo por la calle a los gritos, desencajada, vaya Freud a saber por qué, cuando me encuentro con este señor y compañeros del colegio que estaban paseando a bordo de un auto. ¿Subís? “Claro que sí”, contesté, porque en sueños se puede hacer lo-que-se-quie-re. Debería haber sospechado yo, cuando un móvil policial frenó en una esquina y el tío de mi amiga se revolvió en su asiento, de su actitud sospechosa. Y en el fondo lo hice, porque una siempre anda en sueños pensando que no sabe lo que viene, pero lo sabe, obvio que sabe, si lo crea.

Entonces, inconscientemente, dentro del sueño, lo que sería como inconscientemente inconsciente, estaba yo esperando el momento del control policial donde efectivamente le encuentran los gramos de droga al conductor. Todos al calabozo, que mal; el calabozo tenía un boquete, que bien.


Ahora, como de la banda yo era la única que estaba libre de antecedentes, lo que no me genera mucho orgullo porque podría jugar de vez en cuando a la chica mala che, tenía que hacer de campana mientras el resto se escapaba. Pero por alguna razón que puede no tener más que la de ser funcional al relato, la puerta de la celda estaba sin candado y ahí salí yo disparada, a los gritos, desencajada ta como aparecí en un primer momento, con tanta mala leche que afuera de la comisaría me choco con un Policía, que resulta ser ÉL, así con mayúsculas.

Pensé que había zafado, che, pero esperó agazapadito el muy pillo. Me atajó en sus brazos grandes, me abrazó, me miró a los ojos, y me preguntó porqué tarde tanto en salir, si él había dejado la puerta abierta a propósito. Y obvio que yo sabía, inconscientemente, que eso iba a pasar entonces le explico como a los nenes, que él no puede venir más contra mi voluntad, que deje de aparecerse así por favor. “Por favor”, le pido. Porque después la que se despierta confundida primero y desolada al instante, soy yo. Con el corazón estallado en mil pedazos. Sin brazos ni bocas lindas que consuelen la ausencia. Y es peor, porque me abraza con más fuerza y me besa. “Me besa doctor”, le cuento a Diego que ya me mira con resignación y me alcanza un pañuelo.
Para ese punto del relato me tienen que juntar en cucharita. El otro día escuché que uno no recuerda a las personas por lo que nos hacen, sino por lo que nos hacen sentir. Y cuando revivo mis sueños vuelvo a vivir todas las sensaciones que creo haber tenido cuando los soñé. El miedo, el pánico, la adrenalina, el placer, el dolor.
Entonces Diego se asoma a la puerta, le hace señas a la enfermera, y pacientemente me acompañan a la habitación, y le suplico una vez más, que no me dé una pastillita para dormir. Que me dé una para no soñar....

Ojalá..

Ojalá te vayas a la concha de tu hermana...




Y me esperes ahí también...

domingo, 25 de marzo de 2018

Y los descubrió, nomás....

Nunca pudo calcular los minutos que pasaron. La sacudió el frío que le recorría por el brazo hasta llegar al codo, pero no lograba reaccionar. El chocolate del helado derretido que sostenía en la mano, amenazaba divertido con saltar a su falda. "Mamá, cuidado", la despabiló Helena, que hasta que su madre entrara en su trance por lo que veían sus ojos, había estado muy ocupada en aniquilar su presa de dulce de leche y limón.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Mi linda, no te cambio por nada

Hoy salí de mi oficina, que es un contenedor adaptado, al amplio verde que abunda en mi laburo y el viento frío de verano me pegó en la cara. Instantáneamente me llené los pulmones con esa brisa hermosa y me transporté a la arena, al lugar exacto donde el agua de mar te moja los pies.
Y se me vinieron a la cabeza las cada vez más personas que conozco y vacacionan en el Caribe y se pìerden de lo lindo que es ir a la playa Argentina a cagarte de frío, a que el viento no te deje en paz, a tardar mil horas en animarte a entrar al mar, en levantar campamento y correr a la ducha caliente, en comer galletitas con arena, y mate. MATE. Qué trago con paragüitas ni que tanto...

jueves, 9 de noviembre de 2017

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Duró poco

Ahí está, muerta de amor. Figurativamente muerta de amor en un rincón, contemplando al amor de su vida. La música estalla los tímpanos y el boliche no da más de gente, pero ella solo ve a una persona.
Sentada sobre un mesa, esperando que la venga a saludar mientras imagina la cara que tendrán sus hijos y si la pileta de la casa será de cemento o de fibra de vidrio. Y así se va la noche, así se van casi todos. Menos ella, que sigue esperando en el mismo rincón..y por fin, por fin cuando ya casi no hay más nadie que los vea, que lo vean, él le da un beso en la boca. Dos, tres segundos.
¿Nada más? pregunta ella, que superó la etapa de la humillación hace tiempo.
"Lo bueno dura poco", desliza él, con ensayada seducción.
Y se va. Se va y junto a él se van los planes y proyectos de ese futuro imaginario. Porque mirá que hay cosas para decir, pero tan estúpidas, tan estúpidas, no.

Lo bueno, boludo, dura todo lo que vos querés que dure. A ella le viene durando como 30 años...con algunos tropezones, obvio, como el que tuvo con tu boca.